AVISO

AVISO: Este blog trata sobre cómo se hacen las películas de Disney por lo que puede haber SPOILERS en los artículos cuando se habla con detalle sobre determinados personajes o escenas.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Bella y la Bestia de Jean Cocteau


De la fábula al filme

El mito de la bella y la bestia ha sido llevado al cine muchas veces. Sólo en la época muda se realizaron seis versiones de esta historia, aunque todas ellas sean absolutamente desconocidas y la mayoría con una duración inferior a los treinta minutos.

Realmente, versiones fílmicas del cuento clásico que hayan pasado a la historia sólo hay una: La Belle et la Bête (1946), de Jean Cocteau. Esta película -simbólica, lírica, deliciosamente sugerente- ha quedado para siempre como ejemplo paradigmático de lo que debe ser una adaptación cinematográfica: porque Cocteau, siendo absolutamente fiel a la trama y al espíritu de la fábula, aporta un punto de vista muy personal y la convierte en una perfecta obra de autor.

Ya en el prólogo, nos invita a retornar al mundo inocente de nuestra infancia para poder paladear su historia:
"Los niños tienen una fe absoluta en lo que les contamos. Creen que arrancar una rosa puede traer la desgracia a una familia; que las manos de una bestia humana empiezan a echar humo cuando mata; y que esa misma bestia se siente en cambio avergonzada por la presencia de una muchacha en su casa. Ellos se creen miles de cosas que nosotros consideramos ingenuas. Yo os pido a vosotros un poco de esa misma inocencia. Y, para que pueda funcionar la magia de este cuento, dejadme empezar con esas tres palabras que son el 'Ábrete, Sésamo' de nuestra infancia: Érase una vez...".

Hay una doble intención en ese canto a la inocencia. Por una parte, el deseo de recapturar el misterio, cruel y maravilloso a un tiempo, de la imaginación infantil. Por otra, la nostalgia de un mundo ingenuo, perdido definitivamente tras los horrores de la Guerra Mundial. La Francia ocupada por Hitler es la bella muchacha encerrada en el castillo; la bestia que le acosa es Alemania; y la rosa, la juventud sacrificada en flor. En ambas lecturas, la infantil y la bélica, el filme funciona como un gigantesco símbolo del amor y la belleza, de la amistad entre dos seres opuestos, de la redención del uno por la generosidad del otro. Y eso es algo que un niño entiende mejor que un adulto.


Adaptación de la historia

Para contar esta historia, Cocteau necesitó adaptar la trama en algunos puntos. Reunió en uno los tres hijos del mercader -de escasa importancia en la fábula de Beaumont- y asignó a éste la causa de la ruina familiar: en vez de la especulación paterna es ahora la dilapidación del hijo y su afición al juego lo que acarrea esa triste situación. También las hijas cambian en el filme: en vez de casarse rápidamente, permanecen solteras como pago a su vanidad. Otros detalles de la trama se adecuan a una concepción más realista o más asequible para la filmación: la tormenta de nieve se convierte en fuerte vendaval; desaparecen el hada buena y los sueños de Bella; y la transformación final del castillo se cambia por una mística elevación de Bella y el Príncipe hacia unos cielos que simbolizan la eternidad de su amor y su definitiva redención de lo mundano.

Con todo, la principal aportación de Cocteau a la historia es el personaje de Avenant, interpretado por Jean Marias, quien actúa también como la Bestia y el Príncipe. Avenant, que en francés significa atractivo, es un hermoso joven, amigo de la familia, que está enamorado de Bella. A sus continuas propuestas de matrimonio ella responde siempre con evasivas, pues su padre y su familia la necesitan en casa. Al final, la apariencia afable de Avenant desaparece y deja al descubierto su alma egoísta; por el contrario, la muchacha descubre el alma noble y generosa de Bestia bajo su fea apariencia.

La introducción de este personaje refuerza el contenido de la fábula y cierra la historia con un desenlace más sugerente: al tiempo que Avenant fallece, víctima de su codicia, la bestia renace por el amor de Bella; y mientras aquel pierde su hermosura, éste la recupera tras años de negro hechizo. Esa transformación de ambos (de Avenant en bestia, y de Bestia en atractivo), con intercambio de máscaras e identidades, se presta a un hábil juego de conceptos opuestos (fealdad-hermosura, realidad-apariencia) que condensa la síntesis temática del relato: la verdadera belleza e identidad de una persona está en su interior, en su alma.

Realizada en duras condiciones, por la penuria de la Guerra Mundial, la película fue producto de la enorme fe que Cocteau puso en ella. Enfermaron, uno tras otro, los actores principales; y Cocteau, que también enfermó pero que nunca guardó cama, tuvo que alterar casi a diario el inicial calendario de rodaje para evitar su cancelación definitiva.

Después de ésta hubo otra versión moderna de Beauty and the Beast, dirigida en 1987 por Eugene Marner e interpretada por Rebecca DeMornay y John Savage. Pero esa cinta, producida en Estados Unidos por Menahem Golan, no fue ni un pálido reflejo de la de Cocteau. Y los críticos franceses, que acudieron en masa a su estreno en el Festival de Cannes, se apresuraron a certificarlo en sus reseñas.

Desde 1946, el mito de La Bella y la Bestia buscaba anhelante una nueva actualización para la pantalla. De ahí que la versión producida por los Estudios Disney se esperara con tanta expectación. Era un desafío que ni el propio Walt Disney había logrado realizar.

Fuente: Fila 7 (Alfonso Méndiz)

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